EL BURRO DE DOÑA ROSA

- Levántense  carajo, salio el sol y ustedes todavía acostados.

Fue el  primer comentario que hizo la Abuela,  con la huasca en la mano, cuando los primeros  rayos  del sol  se asomaban por los cerros  áridos  que dan  forma a  la gran quebrada del valle de Codpa.    

- Tomen desayuno,  para que después bajen a la chacra a buscar un poco de membrillos para   sus hermanos.

 

Sin duda, la abuela  tenía la mesa servida;  pan amasado, huevos revueltos,  mantequilla y queso de Cobija. Una enorme tetera  negra  hervía  sobre  los leños  que  humeaban   frágilmente  en la vieja cocina.  

 

-Cuando terminen  vayan donde la comadre Rosa y pídanle prestado el Burro, y díganle al Juanucho  que los acompañe,   ¡él sabrá  como cargar  al  Burro!

 

La Abuela, salio  en busca de  un par de  sacos harineros,  sin decir antes:

-No quiero membrillos  machucados!

Fue el  último comentario que les escuchamos,    antes de partir hasta la morada de doña Rosa que estaba  a la entrada  del pueblo.

 

Doña Rosa,  era una mujer muy trabajadora  y tenia   una larga la amistad con la  abuela. En  mas de una oportunidad se habían hecho comadres y siempre se ayudaban en las labores domesticas y agrícolas.  Era la dueña del único Burro que quedaba en el Pueblo, sin duda,  era  lo mas preciado que tenia, ya que  gracias al  animal  podía  trasladar  la fruta desde  su chacra y  los leños secos que sacaba desde  las chipachas  cercanas  al  río. 

 

-Doña Rosa, doña Rosa.

Gritamos desde la ventana que siempre permanecia abierta y  desde muy temprano.  

-Dice la abuela que le preste el Burro.

La  mujer  no vacilo en preguntar para que, ya que el dia anterior la abuela le había  conversado sobre  las intenciones  de enviar un par de sacos con  membrillos  para  la ciudad. La única preocupación de  doña Rosa  era saber si  éramos capaces  de  cargar el burro, ya que  la estiba y los amarres  siempre tenían sus complicaciones,  a  lo cual  respondimos  con un  endeble  sí .  A pesar de la insistencia de la Abuela  para  que el  Juanucho, el hijo de doña Rosa,  nos acompañara, en esta oportunidad  decidimos  mentir,  diciendo  que  podíamos  hacerlo  y sin la ayuda del Juanucho. 

 

Juanucho,    a pesar  de ser  bastante joven,  tenía experiencia y   destreza en  las artes de caballería, era un innato codpeño  y conocía perfectamente el territorio.  Pero  nos complicaba algo  que no queríamos  aceptar,   que   en el trayecto hacia la chacra el  Juanucho  nos quitara la oportunidad  de montar el viejo burro. Sabíamos que si juanucho  nos acompañaba, de ninguna manera  podríamos cabalgar  en el viejo asno.

 

En lo inmediato  doña Rosa saco el animal  del corral,   coloco sobre  sus lomos      algunos cueros y aperos que  daban vuelta   por la barriga de este, después  hizo unos amarres,   nos paso  un par de sogas   que estaban destinadas para asegurar  la  carga,  enseñándonos en forma practica    cómo amarrar  los  sacos que nos había encargado la abuela.

 

-Primero se monta  un saco y  se amarra así,  después el otro y se termina de amarrar así. Acerquen el burro  a una piedra grande, será mas fácil para ustedes  hacer la carga.      Ahí esta, llévenselo, y tengan  mucho cuidado con desbocarlo,  y no lo metan por la plaza del pueblo.

 

 

 

Partimos con  el burro  por las  callejuelas del pueblo, bajamos por un costado de la Plaza y enfilamos hasta  el paso de la virgen,  para tomar el camino tropero que nos llevaría valle  abajo.  Al llegar a los    perales  de doña Pascuala  decidimos, por fin,   montar el viejo asno y sin problema alguno  nos encaminamos disfrutando  de los  parajes que  nos regalaba la   naturaleza del valle de Codpa.

 

En el trayecto  hacia la chacra de la Abuela,   a pesar del lento avance  del animal, minuto a minuto  lo  disfrutamos, ya que siempre  y cada vez que la abuela nos mandaba a la chacra, lo teníamos que hacer  caminando.  No siempre teníamos la oportunidad de “cabalgar”, aunque sea en un pobre y viejo Burro.   Todo   era una verdadera  aventura,  era  sentirse como   aquellos   arrieros del valle de  Codpa,  que  iban  y venían de pueblo en pueblo, cruzando  ríos bravos, subiendo cuestas  y cantando  coplas  carnavaleras como lo hacia el abuelo Nolberto.          

 

El trayecto hasta  la chacra, que  duro  un poco más de una hora, a pesar de que  podría haber sido mucho  menos,  de ninguna manera apuramos al lento equino.  Habíamos tenido un  viaje  cómodo, además, teníamos  la plena confianza  que  de  vuelta, a pesar de tener que  caminar,  el viejo  burro  haría  el trabajo  de llevar los    pesados sacos de membrillo que nos había confiado la abuela. 

 

Fue así como llegamos al predio de la abuela,  una pequeña chacrita  que se caracterizaba por relucientes  arboleadas  cargadas con  grandes y sabrosos membrillos. En mas de una oportunidad la abuela se había sentido  orgullosa de tener  los membrillos más grandes y ricos  del valle.  Cada vez que llegaba alguna autoridad o algún personaje importante   al pueblo, a la Abuela le correspondía  presentar  sus  membrillos  que arrojaba su pequeña hijuela.

 

 

Cuando di alcance a  los   sacos  harineros y   mi primo    terminaba de amarrar  el Burro,    nos dejamos   caer  en picada hasta el   pequeño huerto,   buscando  y arrancando los más grandes y amarillitos, cosa que la Abuela  esta vez no  pudiera hacer sus típicos comentarios cuando las cosas no resultaban como ella  quería.  Sin duda, en pocos minutos llenamos los  sacos, haciendo el único  esfuerzo de  llevar  los harineros  hasta donde había quedado  amarrado el Burro.  Muy pronto teníamos  en las mismísimas  patas del asno  los  sacos con  los jugosos membrillos.    Entonces nos acordamos de las recomendaciones de doña Rosa. Así mismo,  acercamos  el Burro hasta  la piedra mas grande, le pedí a mi primo que me alcanzara el primer bulto,  como pude  lo puse sobre el lomo del animal y lo asegure  con  algunas  amarras sobre el  saco. Enseguida baje de la piedra,  acomode nuevamente al  Burro,    pedí el segundo saco  y lo pose  sobre  los cueros junto al otro,  tire  la soga e  hice un par de vueltas y termine  con un gran nudo. Hasta aquí  habían quedado perfectas las amarras y la estiba, por lo que había llegado el momento de  partir valle abajo, donde seguramente estaría esperando la Abuela.

 

-Arre burro, arre  burrito, 

 Con una caña hueca  le di varios golpes al  muslo del  asno y  haciendo señas que debía partir. El animal   dio sus primeros trancos, después apuro su paso acomodando perfectamente sus patas sobre  el pedregoso camino, mientras que la apreciada carga comenzaba a dar sus primeros vaivenes  que parecían venir del movimiento  que hacia el este   en su andar.  Mi primo y yo nos apostamos detrás del Burro, como tratando de  supervisar   su apurado tranco. Cuando aun, no habíamos avanzado  un poco mas  de 10 metros  las ataduras  comenzaron a ceder   y  como por  arte de magia ambos sacos cayeron  como cadáveres al suelo, quedando en el estrecho camino  el   desparramo  de los   jugosos  membrillos..

 

-Alto burrito, para burro, 

Gritaba mi primo al desbocado animal   y  corría  para darle alcance,   mientras  que yo   centraba todo mi esfuerzo  en recoger la carga que el equino esparcía alocadamente por el accidentado camino,  cuestión que nos empezaba a inquietar ya que la Abuela  nos había advertido  de que no aceptaría  membrillos machucados.

 

Convencidos de que nuevamente debíamos cargar  el  Burro,    buscamos una piedra mas grande.  Esta vez  la carga  la  haría mi primo,  quien  trato  de  acomodar  los sacos a su manera   y no como lo había  enseñado doña Rosa.  De una u otra forma, a esa altura del día,  no importaba,  lo importante era avanzar y llegar  antes que se hiciera mas tarde.  Así mismo,  y  con la  caña en mano  nuevamente  di un  par de golpeteos al  pobre  animal. Cuando  parecía que la cuestión resultaba,  empezaron nuevamente los vaivenes y  en la medida  que el Burro apuraba su tranco la cosa empeoraba.  Cuando  nos preparábamos para subir  una pequeña cuesta    nuevamente empezaron las dificultades,  ambos sacos  se  salieron de las amarras quedando estos  con su boca hacia  abajo  y  en la medida que el Burro apuraba su tranco,  el  peso de la carga  hacia  que las amarras cedieran,  dando paso  a una nueva  regadera de membrillos por el camino.   Mi primo, muy  indignado,  corrió a   parar el Burro,   pero  entre  los griteríos  y garabatos,  el Burro termino espantado  y  corriendo  como  loco  se perdía   mas allá de  la  pequeña cuesta.

 

La regadera de membrillos esparcidos a los largo del camino y  el Burro espantado   mas  allá de la cuesta, no solo nos  hacia pensar de que  éramos  un par de inútiles en el  noble oficio de arriero, sino que  también,  nos acordamos de los retos   que nos  daría   la Abuela  con su huasca siempre en  la mano.  El solo hecho de pensar lo enojada que se pondría, me  motivo correr   para dar alcance al  Burro, pero cuando estuve  punto de  agarrarlo, este como  potrillo salvaje  escapo diestramente, esta vez alejándose mucho mas,   dando  trotes  largos y  movimientos burlescos.

 

Miestras mi primo recogía  los membrillos,  que  a esa altura  se veían  bastante negros,  le propuse que nos olvidáramos del Burro, y que a partir de ese momento éramos  los que tendríamos  que llevar la  carga,  por  lo que decidí tomar la delantera  con uno de  los sacos   al hombro,  haciendo lo mismo  mi primo.   Juntos  y a la vez  rezongábamos  no solo  por el peso de la carga,  sino  que también   contra el Burro   y  el  sol  que ha esa hora reinaba,  y  que nos hacia picar hasta las orejas.   Cuando faltaba  muy poco  para  llegar hasta  los perales de doña Pascuala  por cosa de Dios  apareció el Burro, pero a medida que   nos acercamos, este   se volvía a alejar alocadamente.   Así nos tuvo como cuatro o cinco veces, hasta que  finalmente  desapareció  justo  cuando  empezábamos a divisar  las primeras casas del Pueblo.

 

Cuando nos aprestábamos a cruzar el río  por el puente viejo,   con la intención de cortar el  camino  para llegar pronto a la casa , desde  una de las chipachas  apareció  la Abuela con su  perfecta  e infaltable  huasca en la mano.

 

-Que paso carajo.

- Aquí trajimos los membrillos Abuela

- Y el Burro!, pregunto en forma airada

-Bueno, el Burro no quiso traer la carga,

Dijo mi primo

- Me ha dicho la comadre Rosa, que lo han visto   por   la plaza de pueblo  comiéndose las flores.  Por que  no quisieron que el Juanucho los acompañara?.  En vez de cargar los sacos  el animal,  lo  han cargado ustedes carajo, par de inútiles.

Fueron  preguntas que nunca respondimos.

 

- Bueno,  pero lo importante es que llegamos con los membrillos.

Alcance a responder, cuando la abuela pregunto

 

-A ver, muestren esos  membrillos.

 Entonces baje  el saco que cargaba sobre mis espaldas y  cuando  me disponía a  mostrarlos,  recibí  el primer huascaso  en las piernas

 

- Carajo, mira como has traído los membrillos, todos negros y machucados, ni los chanchos han  de querer comérselos.  Ahora, váyanse para la casa  y es mejor que se acuesten,  porque si los pillos de pie, mas huasca  les voy a dar.  Hablare con  la comadre Rosa para ver que paso con el Burro.

 

A pesar de los huascasos, los  retos  y el castigo  que nos dio la Abuela, aprendimos un par de cosas.

 

Que la abuela tenía razón, ella nos mando  a buscar membrillos siempre y cuando  el Juanucho   nos acompañara  y cargara  el Burro. Por no obedecer  tuvimos que  cargar  los sacos de membrillos,  mientras que el Burro  gozaba  de los parajes  y del esfuerzo que hacíamos  para llegar con tan valiosa carga.

 

Que  nuestro sueño   de ser  como los viejos arrieros del valle de Codpa estaba muy distante.

 

Todavía conservo  los recuerdos de   aquel  viejo asno  que se  burlo  de nosotros  en aquel camino tropero, cuando  debimos cargar  como burro  los apetitosos  membrillos  de la chacra  de la Abuela. 

 

Por muchos años fue la  anécdota fue la mas contada entre  muchos  codpeños, quienes  gozaron de  nuestra inexperiencia  y  del  sueño  de querer ser como los antiguos  arrieros de aquellos cerros  y  confines  que están mas allá de Caleta Vitor.

 

 

 

 

Francisco Rivera Bustos

Apuntes “Por este valle a lo largo”

Pintatani2@hotmail.com. 

 

 

Comentarios

muy bueno tu relato, felicitaciones


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