El Negro Rufo
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| Francisco Rivera Bustos |
Con su lustrín a cuesta y el silabario escondido, el pequeño Rufino muy temprano partía a recorrer las calles para dar lustre a los puntiagudos zapatos de los elegantes ariqueños que se disponían a recibir mejores días. Su madre y su hermana Rosa, a pesar de la pobreza, hacían benditos esfuerzos para que el chiquillo dejara de lado el lustrín y se dedicara a su verdadero quehacer; ir a la escuela. Nacido y criado en la chimba(del quechua Chimpa, del otro lado) el joven Rufo se ganaba la vida en las hijuelas ubicadas en las riberas de la desembocadura del río San José, sin dejar de lado jamás, las estrechas relaciones que había consolidado durante las noches bohemias cuando recorría la calle Maipú para dar lustre a los mismos zapatos puntiagudos. La noche marcó sus días, entre amores y doncellas, el negro Rufo se hizo carne para cuidar siempre a las más bellas. Con su rostro acanelado, cigarros importados, trajes a la medida, zapatos negros y puntiagudos Rufino encandilaba a las sureñas recién llegadas. Los años forjaron su cuerpo, se fueron las noches de luces y estrellas, las que fueron cambiadas por toques de queda. A pesar de amaneceres tristes y brumosos, el negro Rufo era el personaje más popular de la ciudad. Las fiestas de la primavera y semanas ariqueñas eran los hitos más alegres, donde el negro no podía estar ausente. Encaramado siempre sobre carros alegóricos, de bufo o de rey feo, pasaba saludando y motivando a sus 40 mil habitantes. Cuántas fiestas patrias pasaron, cuánta carne y anticuchos. Cuántas veces tuvo que armar y desarmar su envejecida ramada que cobijó a cuánto chimbero, machero y chinchorrero. Cuántas veces lo vimos con su bandita apoyando el fútbol y al deporte ariqueño. "Allá vienen los morenos del cachimbo", decía la tía María. "Tan elegante como siempre," comentaba la tía Mercedes. Al compás de una marcha, aferrado a su varita de caporal y acompañado por su selecta cofradía, que hacían relucir sus matracas por las callejuelas del santuario de Las Peñas, el negro Rufo y su compañía se enfilaban rumbo al templo sagrado en busca de María. Su hermana Rosa, 3 años mayor, cada vez que podía lo reprendía por las dos cajetillas de tabaco que consumía. El sol y la sombra acunó su amor por la Chimba de Arica y la dignidad de ser los afroariqueños y descendientes de la belleza negroide de la hermosa Arica. A pesar que el "curquito Espinoza" -un oficial civil de la época- nunca les concedió el mismo apellido, Rosa y Rufo crecieron juntos y unidos por siempre. Rufino Lanchipa, el negro Rufo, vive en el corazón del pueblo ariqueño. |