Don Hilario
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Por Francisco Rivera Bustos |
Tal como lo hacían sus paisanos venidos de Carangas, a "patita", don Hilario a los siete años de edad, no sólo se adentro por el valle de Lluta para trabajar tierras ajenas, si no que además, y así lo indican los hechos, venía ansioso por conocer a aquella palomita blanca, también venida de Carangas, que una vez se posó sobre la peña sagrada, quedando petrificada para siempre ante la mirada de los novedantes que suben y bajan por las áridas laderas de Humagata. Zampoñero por excelencia y jefe de tropa de Lakitas, don Hilario con su bandita hacían relucir dulces y melancólicos taquiraris, ahí mismo donde el Cristo espera a sus peregrinos que vienen por las estrechas callejuelas del santuario de las Peñas. Mucho antes que rompiera el alba y cuando los elegantes negros de Azapa hacían su retirada, don Hilario y su cofradía, llegaban al templo sagrado acompasados por un marcial y estruendoso sonar de bombos y zampoñas, haciendo retumbar las viejas calaminas del templo que se confundían con el eco natural de los macizos cerros de la quieta y perfecta Quebrada de Livílcar. Mi padre, primer guía y primera voz, después del canto y al ritmo de una morenada, con un toque de matraca daba paso para que su viejo Caporal, el abuelo Caiconte, irrumpiera con sus pasos encadenados por el centro sacro de la nave. Mientras que el segundo toque, era para que don Hilario y sus zampoñeros se alzaran en vuelo, sin dejar de soplar las prodigiosas cañas. "Hay que hacer fiesta ahijao, o sino Virgen castiga", le decía a mi padre, quien por muchos años, cada 8 de diciembre, lo acompañó en su noble empresa. A pesar de haber sido un personaje corajudo y aventurero, don Hilario, siempre fue una persona de fe y un incondicional devoto que nunca dejo de asistir a la fiesta chica. Este hombre, que desde la Segunda Compañía de Bomberos de Arica combatía incendios, recorría a diario las angostas calles de Arica para ofrecer sus apetecidos choclos lluteños, cosechados en sus prodigiosos campos que se los adjudico a puro ñeque y trabajo. Este hombre sencillo y emprendedor, junto a Isabel, una especial y bella afroazapeña, que fielmente lo acompaño hasta el ultimo día de su vida, dejaron la más rica herencia. Al compás de huaynos y morenadas todavía hacen brotar hermosos cánticos que se escuchan de aquel mítico portón que se divisa desde la vieja pérgola en la plaza "Arauco". Dicen que cuando la aurora de la mañana es más clara y brillante, desde las laderas de Ausípar se escuchan las prodigiosas zampoñas de los lakitas de don Hilario; un jañacho de verdad, que también vive en la gloria finita de la cosmovisión andina. |