Cuidado con Edalia

Cuidado con Edalia

Para la dulce y hermosa edalia lazaro

Francisco Rivera Bustos

Era medio día y el sol quemaba como nunca sobre los cerros áridos y los frondosos huertos que le dan vida al poblado de Codpa. Las autoridades se disponían a visitar los módulos con artesanías y productos típicos del valle, mientras que los asistentes a la fiesta iniciaban una gran rueda al ritmo de un alegre huayno. Desde mi espacio, como simple observador divise a una mujer de frágil figura y de hermosa cabellera negra, sentada frente a un pequeño telar artesanal. Motivado por el sonar de los bronces, me propuse conseguir su permiso para bailar con ella. En un dos por tres, me ofreció sus pequeñas manos para dar inicio al huayno más largo de mi vida.

Nos dejamos llevar por la pasión de nuestros pasos en trotes, encandilados por el juego nupcial de los trombones. Paseamos nuestros cuerpos por todos los rincones públicos de la plaza y dábamos vueltas como avecillas inquietas, haciendo perfectas coreografías sin perder jamás el ritmo fulguroso que brotaban de los labios de aquellos hombres que componían la banda de bronce. Ella giraba como remolino incansable que nacía de sus pequeños pies envueltos en dos diminutas ojotas de caucho. Su hermosa sonrisa y su pollera al viento me hacían sentir como un huayna (joven) inagotable, experto en el arte de la danza, hasta que sentí el peso de mis 47 años.

En mi decisión de abandonar el juego lúdico de la danza y tener una retirada digna; le pregunte entre el bullicio de la gente, si se encontraba "cansadita". Ella, con un amable y rotundo no, prensó sus manos contra las mías y nos deslizamos por los rádieles de la histórica plaza del pueblo. Frente a mí extrema angustia y al temor de caer desfallecido ante la mirada de los mirones, decidí llevarla hasta la rueda, para luego dirigirme, a medio respirar, hasta la vilca de la Plaza. De allí divisé como aquella mujer continuaba alegremente con el infinito y frenético huayno.

A la incansable Edalia está siempre en eventos que difunden la cultura del pueblo aymara. En su puesto de ventas esta siempre acompañada de su pequeño telar. Trabaja duro y reparte su tiempo entre su comercio ambulante y sus trabajosas y apreciadas prendas de lanas. También parte continuamente hasta su terruño puneño para darles esquirla a sus leales alpacas que le brindan el digno sustento. Ella es ejemplo del diario vivir, siempre está alegre, cantando, saludando y enseñando su idioma, del que siente un verdadero orgullo materno.

Si usted tiene ganas de bailar un fugaz huayno, tenga mucho cuidado cuando invite a bailar a la hermosa y dulce Edalia.

Nuestros Pueblos Indigenas

Reconocimiento de pueblos indígenas

Por Francisco Rivera Bustos

La última vez que la Cámara de Diputados rechazó el Proyecto de "Reconocimiento Constitucional de los Pueblos Indígenas", muchos líderes y dirigentes indígenas sufrieron un duro revés, otros no tanto, y algunos, no pocos, celebraron la decisión tomada por el Poder Legislativo. Sin embargo, es preciso destacar que esta "iniciativa", fue presentada en calidad de urgencia durante el gobierno de Ricardo Lagos, en medio de una fuerte pugna producto de las elecciones presidenciales y parlamentarias del 2005.

Como muchos sabemos, no todos los sectores políticos con asiento en el congreso están por apoyar esta iniciativa. Por lo mismo, se hace necesario trabajar por un clima favorable, consecuente, legítimo y con la altura que merece el debate. En este marco, debe ser más alto el interés de nuestros líderes y dirigentes para establecer un acuerdo común sobre sus principales contenidos. Así como también, velar para que éstos sean incluidos en un marco de verdadera voluntad política, evitando que sus legisladores no sólo esperen la orden de su colectividad política para aprobar o rechazar el proyecto.

Entendemos la preocupación del Ejecutivo en esta materia, pero lo que no puede volver a ocurrir, es que los temas indígenas se presten para favorecer sólo los intereses del oficialismo o de la oposición con el propósito de aprobar o desaprobar una gestión gubernativa o legislativa.

El reconocimiento constitucional de nuestros pueblos indígenas debe tener una comprensión mucho más amplia en los sectores de la sociedad. Así mismo, debe contar con el profundo interés del Estado de Chile, para que realmente se puedan asumir nuevas formas de relación con las comunidades y los dirigentes de los pueblos indígenas. Sin duda, esta nueva mirada, es un desafió para alcanzar el desarrollo y el futuro que nuestros pueblos se han propuesto, en la medida que el Estado y la sociedad reconozcan en forma consecuente sus legítimos derechos.

Para alcanzar un acuerdo común, el gobierno de la Presidenta Bachelet ha puesto nuevamente el tema en debate. Sin duda, es la gran oportunidad para socializar en cada lugar, espacio y rincón del país, el porqué y la necesidad del reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas. Para ello, es fundamental la atención de la sociedad civil y de toda una étnicidad que se expresa y que requiere espacios de participación y de políticas publicas de acuerdo a los intereses de todos aquellos que convivimos en esta larga y angosta faja de tierra.

El fabriquero de Codpa

El "Fabriquero" de Codpa

Un homenaje para  mi amigo Eduardo Rios G (QEPD)

Por Francisco Rivera Bustos

No sé porque le dicen el "Fabriquero", pues, no se trata de un fabricante de cosas. Más bien se trata del Mayordomo de la Iglesia del poblado de Codpa, un hombre extraordinariamente sencillo y muy devoto, a su manera, de todos los santos y patronos que existen a lo largo del valle.

Su madre, que en paz descansa, se preocupó de darle el noble oficio de pantalonero, al que le dedicó un tiempo importante de su vida. Este hombre moreno, orejas grandes, pera acentuada y ojos achinados, se destaca por tener un diente de oro y lucir chalecos típicos de los pueblos del norte. También usa sombreros de paño almidonado y gruesos bototos que le permiten caminar seguro por las polvorientas calles de su poblado.

Muy pocos saben como se hizo "Fabriquero". Dicen que se inicio como ayudante de su madrina, doña Aurelia García, una veterana que por más de cuarenta años fue la encargada de la Iglesia del pueblo.

A pesar de la irreverente personalidad del "Fabriquero", doña Aurelia siempre se las arregló para enseñarle a punta de escobazos este noble oficio. Estando ya muy octogenaria doña Aurelia, confió todas sus actividades a su discípulo. Fallecida ella, juró ante su tumba continuar hasta su muerte con este oficio.

El poblado de Codpa se destaca por la fiesta del patrono San Martín de Tour. Durante tres días acuden todas las familias del valle y algunos novedantes de la ciudad de Arica. Aquí, es donde, el "Fabriquero" da muestra de sus dotes artísticos, haciendo relucir el templo como en los mejores tiempos de su historia. Cada sirio y vela en su lugar; flores y guirnaldas distribuidas armónicamente en cada rincón; muros limpios; altar mayor perfectamente iluminado y cada santito con su vestimenta, cuidadosamente alhajadas y guardadas como huesito de santo.

Más allá de las actividades religiosas en el poblado el "Fabriquero" es todo un personaje. Su amistad y relación con los comuneros no sólo es para compartir las copuchas de quienes viven, trabajan y duermen en el poblado, sino que además, para hacer más grata la vida, donde los embrollos domésticos no rompen corazones, tampoco generan odiosidades.

El "Fabriquero", a pesar de la ingrata enfermedad que lo aqueja, es el personaje más conocido y recordado del valle de Codpa.

Don Hilario

Don Hilario

Por Francisco Rivera Bustos

Tal como lo hacían sus paisanos venidos de Carangas, a "patita", don Hilario a los siete años de edad, no sólo se adentro por el valle de Lluta para trabajar tierras ajenas, si no que además, y así lo indican los hechos, venía ansioso por conocer a aquella palomita blanca, también venida de Carangas, que una vez se posó sobre la peña sagrada, quedando petrificada para siempre ante la mirada de los novedantes que suben y bajan por las áridas laderas de Humagata.

Zampoñero por excelencia y jefe de tropa de Lakitas, don Hilario con su bandita hacían relucir dulces y melancólicos taquiraris, ahí mismo donde el Cristo espera a sus peregrinos que vienen por las estrechas callejuelas del santuario de las Peñas. Mucho antes que rompiera el alba y cuando los elegantes negros de Azapa hacían su retirada, don Hilario y su cofradía, llegaban al templo sagrado acompasados por un marcial y estruendoso sonar de bombos y zampoñas, haciendo retumbar las viejas calaminas del templo que se confundían con el eco natural de los macizos cerros de la quieta y perfecta Quebrada de Livílcar.

Mi padre, primer guía y primera voz, después del canto y al ritmo de una morenada, con un toque de matraca daba paso para que su viejo Caporal, el abuelo Caiconte, irrumpiera con sus pasos encadenados por el centro sacro de la nave. Mientras que el segundo toque, era para que don Hilario y sus zampoñeros se alzaran en vuelo, sin dejar de soplar las prodigiosas cañas.

"Hay que hacer fiesta ahijao, o sino Virgen castiga", le decía a mi padre, quien por muchos años, cada 8 de diciembre, lo acompañó en su noble empresa. A pesar de haber sido un personaje corajudo y aventurero, don Hilario, siempre fue una persona de fe y un incondicional devoto que nunca dejo de asistir a la fiesta chica. Este hombre, que desde la Segunda Compañía de Bomberos de Arica combatía incendios, recorría a diario las angostas calles de Arica para ofrecer sus apetecidos choclos lluteños, cosechados en sus prodigiosos campos que se los adjudico a puro ñeque y trabajo.

Este hombre sencillo y emprendedor, junto a Isabel, una especial y bella afroazapeña, que fielmente lo acompaño hasta el ultimo día de su vida, dejaron la más rica herencia. Al compás de huaynos y morenadas todavía hacen brotar hermosos cánticos que se escuchan de aquel mítico portón que se divisa desde la vieja pérgola en la plaza "Arauco".

Dicen que cuando la aurora de la mañana es más clara y brillante, desde las laderas de Ausípar se escuchan las prodigiosas zampoñas de los lakitas de don Hilario; un jañacho de verdad, que también vive en la gloria finita de la cosmovisión andina.

El Negro Rufo

El Negro Rufo

Francisco Rivera Bustos

Con su lustrín a cuesta y el silabario escondido, el pequeño Rufino muy temprano partía a recorrer las calles para dar lustre a los puntiagudos zapatos de los elegantes ariqueños que se disponían a recibir mejores días. Su madre y su hermana Rosa, a pesar de la pobreza, hacían benditos esfuerzos para que el chiquillo dejara de lado el lustrín y se dedicara a su verdadero quehacer; ir a la escuela.

Nacido y criado en la chimba(del quechua Chimpa, del otro lado) el joven Rufo se ganaba la vida en las hijuelas ubicadas en las riberas de la desembocadura del río San José, sin dejar de lado jamás, las estrechas relaciones que había consolidado durante las noches bohemias cuando recorría la calle Maipú para dar lustre a los mismos zapatos puntiagudos.

La noche marcó sus días, entre amores y doncellas, el negro Rufo se hizo carne para cuidar siempre a las más bellas. Con su rostro acanelado, cigarros importados, trajes a la medida, zapatos negros y puntiagudos Rufino encandilaba a las sureñas recién llegadas. Los años forjaron su cuerpo, se fueron las noches de luces y estrellas, las que fueron cambiadas por toques de queda. A pesar de amaneceres tristes y brumosos, el negro Rufo era el personaje más popular de la ciudad.

Las fiestas de la primavera y semanas ariqueñas eran los hitos más alegres, donde el negro no podía estar ausente. Encaramado siempre sobre carros alegóricos, de bufo o de rey feo, pasaba saludando y motivando a sus 40 mil habitantes. Cuántas fiestas patrias pasaron, cuánta carne y anticuchos. Cuántas veces tuvo que armar y desarmar su envejecida ramada que cobijó a cuánto chimbero, machero y chinchorrero. Cuántas veces lo vimos con su bandita apoyando el fútbol y al deporte ariqueño. "Allá vienen los morenos del cachimbo", decía la tía María. "Tan elegante como siempre," comentaba la tía Mercedes. Al compás de una marcha, aferrado a su varita de caporal y acompañado por su selecta cofradía, que hacían relucir sus matracas por las callejuelas del santuario de Las Peñas, el negro Rufo y su compañía se enfilaban rumbo al templo sagrado en busca de María.

Su hermana Rosa, 3 años mayor, cada vez que podía lo reprendía por las dos cajetillas de tabaco que consumía. El sol y la sombra acunó su amor por la Chimba de Arica y la dignidad de ser los afroariqueños y descendientes de la belleza negroide de la hermosa Arica. A pesar que el "curquito Espinoza" -un oficial civil de la época- nunca les concedió el mismo apellido, Rosa y Rufo crecieron juntos y unidos por siempre.

Rufino Lanchipa, el negro Rufo, vive en el corazón del pueblo ariqueño.

Nuestros Achachilas

Nuestros achachilas

Por Francisco Rivera Bustos

Dicen que habitan en las montañas y en los cerros sagrados. Que bajan por las quebradas para luego sentarse sobre grandes piedras a observar y proteger al hombre bueno que trabaja la tierra y cuida de ella. Dicen que son espíritus y que sólo son superados por la Pachamama. Que protegen las comunidades, comparten sufrimientos, bendiciones, fiestas y tradiciones. Son los ancestros que siguen habitando cerca de su terruño para cuidar a los suyos. Se les personifica como ancianos, con vestimentas típicas, barbas blancas, sombreros, chullos y bastones. Dicen que intervienen en nuestros sueños y que predicen nuestro quehacer. En agradecimiento y respeto, la mujer y el hombre aymara ofrecen oraciones hacia las grandes montañas y cerros puneños.

Así como nuestros achachilas sobrenaturales, se hallan nuestros achachilas naturales y terrenales. Adultos mayores que observan, enseñan y protegen nuestras acciones. Siempre en alerta, trabajan, danzan y cantan. Cuentan historias y cuidan de nuestros hijos. Todos ellos, sin duda, durante sus largos años han acumulado una rica herencia, que se traduce en sabiduría y experiencia.

Algunos nombres que mantiene la memoria, sin dejar de reconocer a todos, como la gran Rosa Guisa, noble artesana, cuya fuerza negroide se manifiesta a diario. O don Felipe Mamani Osnayo, oriundo de Chislluma, quien a sus 71 años dirige su Junta de Vecinos y trabaja como operador de caldera. También está doña Agustina Delgado León. Desde las punas de Saxamar, aún trabaja la tierra, recoge leña y camina firme por los senderos de la bella Parinacota. Como el yatire Fortunato Manzano, que desde su espacio terrenal se conecta con la cosmovisión para entregar los buenos augurios que orientan nuestras vidas. Tal vez como don Oreste Ventura, un ex carabinero que recorrió Chile para cuidar niños y que en su jubileo canta y danza las hermosas canciones de su pueblo. Tampoco puedo dejar de mencionar a doña Eloisa Mazuelo Quiguallo, que a sus 87 años y con una increíble lucidez, cuenta entretenidas y variadas historias de su Putre sin olvido. Asimismo, están mis viejos, doña Micha y don Pedro, quienes han sido la fuente de inspiración para continuar por los caminos de mi identidad.

Desde la bondadosa razón de nuestros ancianos, con sus momentos de inflexión y sus jubilosos tiempos de alegría, llegó la hora de reconocer y agradecer a nuestros leales y amados achachilas.

Valle de Codpa y su poblado

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Francisco Rivera Bustos

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