Una Ofrenda para Génesis

 por Francisco Rivera Bustos

 

En la población Tucapel 10, los vecinos del pasaje Alfredo Wormald, motivados por los llamados que hacía Don Francisco para ayudar a los niños de la Teletón, acudían a comprar el picante que la madre, la abuela y algunas vecinas preparaban para ir en ayuda de Génesis Alexandra, una niña de sólo cinco años que se encuentra postrada en una silla de ruedas, producto de una meningitis que afectó su cerebro el mismo día que nació, en mayo de 2001. Por ahora, no importa saber qué pasó con Génesis durante su nacimiento, quién o quiénes fueron los responsables de su actual estado. Lo importante es ¿por qué esta niña no tiene la necesaria atención social y médica para enfrentar su enfermedad?

La discapacidad de Génesis no sólo se concentra en la imposibilidad de caminar, hablar, controlar su esfínter y valerse por sí sola. Además, debe enfrentar cada 30 días un fenómeno que para muchos es inaceptable: la pubertad precoz en una niña de sólo cinco años. Este hecho, que mantiene angustiada a su madre y que ha sido confirmado por la medicina moderna, tiene solución y control. Pero ni la madre y la familia están en condiciones de adquirir una droga inyectable llamada Decapeptyl, que cuesta mucho más de lo que su madre gana en los programas de generación de empleo. Durante dos años debe ser tratada, y cada tres meses la droga le debe ser inyectada. Son 8 inyecciones, cuyo valor es sobre los 290 mil pesos cada una. ¿La venta de picantes permitirá cumplir con la meta que Génesis necesita?

La niña no tiene espacios, vive tan hacinada como su madre, la abuela y sus otros hijos, todos en la casa de una bondadosa tía. El día que la conocí, en su carita encontré ternura que complacía a sus vecinos a compartir una noble y gran tarea. Sin duda, que para su enfermedad no existe una política de salud de Estado. No me pregunten si es responsabilidad del Estado o de la sociedad, pero la atención para cientos de niños como ella es nula.

Después de visitarla, despedirme y establecer el compromiso de ayudarla como lo hacen sus vecinos, subí a un taxi colectivo para retornar a mi hogar. Al leer las noticias del diario que hablan de: "Contraloría investiga anomalías en salud", bajo la ventanilla del auto y pienso en los dichos de mi padre: "No importa, mañana vendrán días mejores".

Don Hilario

Don Hilario

Por Francisco Rivera Bustos

Tal como lo hacían sus paisanos venidos de Carangas, a "patita", don Hilario a los siete años de edad, no sólo se adentro por el valle de Lluta para trabajar tierras ajenas, si no que además, y así lo indican los hechos, venía ansioso por conocer a aquella palomita blanca, también venida de Carangas, que una vez se posó sobre la peña sagrada, quedando petrificada para siempre ante la mirada de los novedantes que suben y bajan por las áridas laderas de Humagata.

Zampoñero por excelencia y jefe de tropa de Lakitas, don Hilario con su bandita hacían relucir dulces y melancólicos taquiraris, ahí mismo donde el Cristo espera a sus peregrinos que vienen por las estrechas callejuelas del santuario de las Peñas. Mucho antes que rompiera el alba y cuando los elegantes negros de Azapa hacían su retirada, don Hilario y su cofradía, llegaban al templo sagrado acompasados por un marcial y estruendoso sonar de bombos y zampoñas, haciendo retumbar las viejas calaminas del templo que se confundían con el eco natural de los macizos cerros de la quieta y perfecta Quebrada de Livílcar.

Mi padre, primer guía y primera voz, después del canto y al ritmo de una morenada, con un toque de matraca daba paso para que su viejo Caporal, el abuelo Caiconte, irrumpiera con sus pasos encadenados por el centro sacro de la nave. Mientras que el segundo toque, era para que don Hilario y sus zampoñeros se alzaran en vuelo, sin dejar de soplar las prodigiosas cañas.

"Hay que hacer fiesta ahijao, o sino Virgen castiga", le decía a mi padre, quien por muchos años, cada 8 de diciembre, lo acompañó en su noble empresa. A pesar de haber sido un personaje corajudo y aventurero, don Hilario, siempre fue una persona de fe y un incondicional devoto que nunca dejo de asistir a la fiesta chica. Este hombre, que desde la Segunda Compañía de Bomberos de Arica combatía incendios, recorría a diario las angostas calles de Arica para ofrecer sus apetecidos choclos lluteños, cosechados en sus prodigiosos campos que se los adjudico a puro ñeque y trabajo.

Este hombre sencillo y emprendedor, junto a Isabel, una especial y bella afroazapeña, que fielmente lo acompaño hasta el ultimo día de su vida, dejaron la más rica herencia. Al compás de huaynos y morenadas todavía hacen brotar hermosos cánticos que se escuchan de aquel mítico portón que se divisa desde la vieja pérgola en la plaza "Arauco".

Dicen que cuando la aurora de la mañana es más clara y brillante, desde las laderas de Ausípar se escuchan las prodigiosas zampoñas de los lakitas de don Hilario; un jañacho de verdad, que también vive en la gloria finita de la cosmovisión andina.

El Negro Rufo

El Negro Rufo

Francisco Rivera Bustos

Con su lustrín a cuesta y el silabario escondido, el pequeño Rufino muy temprano partía a recorrer las calles para dar lustre a los puntiagudos zapatos de los elegantes ariqueños que se disponían a recibir mejores días. Su madre y su hermana Rosa, a pesar de la pobreza, hacían benditos esfuerzos para que el chiquillo dejara de lado el lustrín y se dedicara a su verdadero quehacer; ir a la escuela.

Nacido y criado en la chimba(del quechua Chimpa, del otro lado) el joven Rufo se ganaba la vida en las hijuelas ubicadas en las riberas de la desembocadura del río San José, sin dejar de lado jamás, las estrechas relaciones que había consolidado durante las noches bohemias cuando recorría la calle Maipú para dar lustre a los mismos zapatos puntiagudos.

La noche marcó sus días, entre amores y doncellas, el negro Rufo se hizo carne para cuidar siempre a las más bellas. Con su rostro acanelado, cigarros importados, trajes a la medida, zapatos negros y puntiagudos Rufino encandilaba a las sureñas recién llegadas. Los años forjaron su cuerpo, se fueron las noches de luces y estrellas, las que fueron cambiadas por toques de queda. A pesar de amaneceres tristes y brumosos, el negro Rufo era el personaje más popular de la ciudad.

Las fiestas de la primavera y semanas ariqueñas eran los hitos más alegres, donde el negro no podía estar ausente. Encaramado siempre sobre carros alegóricos, de bufo o de rey feo, pasaba saludando y motivando a sus 40 mil habitantes. Cuántas fiestas patrias pasaron, cuánta carne y anticuchos. Cuántas veces tuvo que armar y desarmar su envejecida ramada que cobijó a cuánto chimbero, machero y chinchorrero. Cuántas veces lo vimos con su bandita apoyando el fútbol y al deporte ariqueño. "Allá vienen los morenos del cachimbo", decía la tía María. "Tan elegante como siempre," comentaba la tía Mercedes. Al compás de una marcha, aferrado a su varita de caporal y acompañado por su selecta cofradía, que hacían relucir sus matracas por las callejuelas del santuario de Las Peñas, el negro Rufo y su compañía se enfilaban rumbo al templo sagrado en busca de María.

Su hermana Rosa, 3 años mayor, cada vez que podía lo reprendía por las dos cajetillas de tabaco que consumía. El sol y la sombra acunó su amor por la Chimba de Arica y la dignidad de ser los afroariqueños y descendientes de la belleza negroide de la hermosa Arica. A pesar que el "curquito Espinoza" -un oficial civil de la época- nunca les concedió el mismo apellido, Rosa y Rufo crecieron juntos y unidos por siempre.

Rufino Lanchipa, el negro Rufo, vive en el corazón del pueblo ariqueño.

Nuestros Achachilas

Nuestros achachilas

Por Francisco Rivera Bustos

Dicen que habitan en las montañas y en los cerros sagrados. Que bajan por las quebradas para luego sentarse sobre grandes piedras a observar y proteger al hombre bueno que trabaja la tierra y cuida de ella. Dicen que son espíritus y que sólo son superados por la Pachamama. Que protegen las comunidades, comparten sufrimientos, bendiciones, fiestas y tradiciones. Son los ancestros que siguen habitando cerca de su terruño para cuidar a los suyos. Se les personifica como ancianos, con vestimentas típicas, barbas blancas, sombreros, chullos y bastones. Dicen que intervienen en nuestros sueños y que predicen nuestro quehacer. En agradecimiento y respeto, la mujer y el hombre aymara ofrecen oraciones hacia las grandes montañas y cerros puneños.

Así como nuestros achachilas sobrenaturales, se hallan nuestros achachilas naturales y terrenales. Adultos mayores que observan, enseñan y protegen nuestras acciones. Siempre en alerta, trabajan, danzan y cantan. Cuentan historias y cuidan de nuestros hijos. Todos ellos, sin duda, durante sus largos años han acumulado una rica herencia, que se traduce en sabiduría y experiencia.

Algunos nombres que mantiene la memoria, sin dejar de reconocer a todos, como la gran Rosa Guisa, noble artesana, cuya fuerza negroide se manifiesta a diario. O don Felipe Mamani Osnayo, oriundo de Chislluma, quien a sus 71 años dirige su Junta de Vecinos y trabaja como operador de caldera. También está doña Agustina Delgado León. Desde las punas de Saxamar, aún trabaja la tierra, recoge leña y camina firme por los senderos de la bella Parinacota. Como el yatire Fortunato Manzano, que desde su espacio terrenal se conecta con la cosmovisión para entregar los buenos augurios que orientan nuestras vidas. Tal vez como don Oreste Ventura, un ex carabinero que recorrió Chile para cuidar niños y que en su jubileo canta y danza las hermosas canciones de su pueblo. Tampoco puedo dejar de mencionar a doña Eloisa Mazuelo Quiguallo, que a sus 87 años y con una increíble lucidez, cuenta entretenidas y variadas historias de su Putre sin olvido. Asimismo, están mis viejos, doña Micha y don Pedro, quienes han sido la fuente de inspiración para continuar por los caminos de mi identidad.

Desde la bondadosa razón de nuestros ancianos, con sus momentos de inflexión y sus jubilosos tiempos de alegría, llegó la hora de reconocer y agradecer a nuestros leales y amados achachilas.

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